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Hay momentos en la vida que nos obligan a detenernos. No porque queramos, sino porque las circunstancias nos lo exigen. Uno de esos momentos ocurre cuando un familiar cercano enfrenta una cirugía mayor, especialmente cuando se trata de una intervención de alto riesgo. Recientemente tuve que revivir una situación que no hubiese querido experimentar de nueva cuenta.
Mi papá tuvo que someterse a una intervención compleja y de alto riesgo. Desde el momento en que supimos que sería necesaria, muchas cosas cambiaron. Los planes, las rutinas e incluso las prioridades pasaron a segundo plano. De repente, lo más importante era una sola cosa: que todo saliera bien.
No había experimentado la angustia desde el lado del familiar (siempre me tocó ser el paciente). Esta situación me recordó lo frágil que puede ser todo. Estamos acostumbrados a planear, a pensar en la siguiente meta, en el siguiente proyecto o en la siguiente publicación. Sin embargo, basta una llamada, un diagnóstico o una fecha marcada para una cirugía para que la perspectiva cambie por completo.
Mientras avanzaban las consultas médicas, los estudios y las conversaciones con los especialistas, recordé cómo una situación así puede afectar también nuestra propia salud. El estrés se acumula casi sin que lo notemos. Dormimos menos, pensamos demasiado, nos cuesta concentrarnos y vivimos pendientes de cualquier noticia. Aunque nuestro cuerpo esté lejos del quirófano, nuestra mente permanece allí.
Recuerdo especialmente las malditas horas de espera durante la operación. Son momentos de mucha frustración. El reloj parece avanzar más lento de lo normal y cualquier demora aumenta el nerviosismo. En esos instantes entiendes que hay situaciones en la vida sobre las que simplemente no tienes control y que lo único que puedes hacer es confiar en el trabajo de los médicos y esperar.
Por fortuna, la cirugía fue un éxito. Sin embargo, también volví a recordar que el finalizar una cirugía no significa el final del camino. Después llega la recuperación, una etapa que requiere paciencia, acompañamiento y fortaleza tanto para el paciente como para quienes están a su alrededor. Cada pequeño avance se convierte en una victoria y cada día bueno se agradece de una manera diferente.
Toda esto me hizo reflexionar sobre algo que solemos olvidar cuando estamos inmersos en la rutina: la salud es probablemente el recurso más valioso que tenemos. Con frecuencia nos preocupamos por el trabajo, los proyectos, las metas o los compromisos diarios, pero basta una situación como esta para recordarnos lo rápido que cambian nuestras prioridades.
También recordé que cuidar de alguien implica, en cierta medida, aprender a cuidarnos nosotros mismos. Muchas personas que acompañan a familiares durante procesos médicos exigentes terminan descuidando su descanso, su alimentación o su bienestar emocional. Yo mismo entendí la importancia de detenerme, tomar aire cuando era posible y aceptar que no siempre podemos cargar con todo solos.
Quizá por eso sentí la necesidad de escribir estas líneas. No como un artículo médico ni como una guía sobre salud, sino como una reflexión personal sobre una experiencia que me marcó estas últimas semanas. A veces la vida nos obliga a hacer una pausa. Nos recuerda lo importante que es estar presentes para quienes amamos y valorar esos momentos cotidianos que normalmente damos por sentados.
Hoy regreso poco a poco a este espacio con una perspectiva diferente y, sobre todo, con un enorme sentimiento de gratitud. Gratitud por los médicos que hicieron posible la operación, por la familia que estuvo unida durante todo el proceso, por esas amistades que de verdad se preocuparon y porque mi papá continúa avanzando en su recuperación.
Si algo me recuerda esta experiencia es la certeza de que la salud de una persona nunca afecta únicamente a quien la padece. Sus efectos alcanzan a quienes la rodean, pero también nos enseñan sobre resiliencia, paciencia y el verdadero valor de la familia.
Porque cuidar a los demás comienza por aprender a cuidarnos a nosotros mismos.
JM Marquecho



